
El “progreso” trujillista se mantuvo, hasta que las edificaciones de la Feria de la Paz (1955), marcó el final de la “prosperidad”. Antes, en 1947 había creado el peso oro y el Banco Central de la República Dominicana.
Aunque en esas dictaduras hubo crecimiento económico, sirvió en gran medida para perpetuar un poder pervertido, enriquecer a sus allegados y envilecer con prebendas a los más pobres, sobre un montón de cadáveres.
Y es que los admiradores de Trujillo y Balaguer trascendieron social y económicamente a sus sombras, o lo hicieron sus antepasados, y nada importa para ellos que los derechos ciudadanos fueran pisoteados.
Está más que justificada la indignación, como respuesta a tanta injuria, desprecio y desfachatez de estos defensores del oprobio. Apuestan al olvido de ese pasado de dolor al que se intenta regresar.
Otros más audaces llegan hasta a exculpar a Trujillo y a Balaguer, presentándolos como los mejores presidentes que ha tenido el país. Entonces, tenemos que salir al frente refrescándoles la memoria.
Pero, además, es un deber alertar a los más jóvenes para que no retornemos el despotismo, que entraña conculcación de derechos, persecución, secuestro, tortura y muerte, que siempre está al acecho.
Como una pesadilla, ese pasado amenaza repetirse cuando el danilismo intenta reformar la Constitución y así permitir la reelección presidencial o el continuismo peledeista por otra vía, para desgracia del país.
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