
La ultraderecha venezolana y sus amos en Washington continúan la escalada de violencia, pese a los obstáculos que tienen para desestabilizar al gobierno constitucional que encabeza Nicolás Maduro. La sedición es mantenida con arrogancia, provocando muertos, heridos y mucha incertidumbre.
Las acciones conspirativas las aderezan con francotiradores, que cazan a miembros de la Guardia Nacional y a civiles chavistas que han intentado apagar incendios o quitar de las calles barreras de escombros.
La provocación a los miembros de la seguridad pública es constante, llegando al límite del hostigamiento. Desean una represión violenta a gran escala, una masacre, para “victimizarse”.
¿Por qué esos grupos neofascistas, sin la fuerza suficiente para derrocar a Nicolás Maduro, insisten en la violencia desenfrenada? Juegan junto a sus jefes en Washington, a una ruptura del orden constitucional.
El imperio trata de apropiarse de los hidrocarburos de Venezuela, y crear una reacción en cascada en Cuba, Bolivia, Ecuador, Nicaragua, Chile, Argentina, El Salvador… romper a Unasur, Alba, Mercosur y Celac.
Los halcones desean un segmento de la Fuerza Armada para el golpe de estado, como en Libia, Egipto y Ucrania o apoyarse en él para la intervención militar, Irak y Afganistán, alegando “razones humanitarias”.
Al fallarle el Plan A, ahora se han decidido por el Plan B, es decir, la sedición constante para que los órganos armados del Estado venezolano salgan a las calles a reprimir a “sangre y fuego” a los violentos.
Pero el Plan B tampoco está dando resultados, porque el Gobierno está al tanto de los planes en su contra y tiene bajo control a los extremistas llamando a la paz, sin usar el poder letal de sus órganos armados.